La permanencia del amor nos encara, con premeditaci—n y alevos’a, a un temor inherente a los amantes: el temor al dolor, a lo finito, a la muerte: ÒMuerte, / aunque herida, / no me acostumbro a tenerte / al costado. / ÁVete y dŽjame amar!Ó. Quien vive, sufre; pero quien vive y ama, sufre doblemente. Enamorarse es, entonces, ir en camino de otra persona a travŽs de ti. Y ese camino implica atravesar por el dolor de estar vivo dos veces. Porque el dolor es un sentimiento universal del cual no somos los causantes sino que somos parte de Žl. Por eso brinquŽ con este poema; en Žl hallŽ el tercer y œltimo postulado que Jord‡n nos ofrece en su propuesta: el amar implica que nos reconciliemos con el dolor, que lo eduquemos, que aprendamos a coexistir con aquellos aspectos de la vida que tienen que doler.