Lolo es quien, a quien lo conoce, cambia el coraz—n. Es decir, siendo una persona que muri— hace unas decenas de a–os diera la impresi—n de poder acudir a su casa y gozar de la compa–’a de quien tan bien deb’a saber acompa–ar. Es como si, por ejemplo, acudiŽramos a la habitaci—n donde la Venerable Marta Robin viv’a a preguntar sobre nuestras cuitas espirituales. All’ estar’a, postrada en su cama de eternidad y all’ saldr’an de su boca palabras consoladoras o, ÁquiŽn sabe!, firmes segœn fuera nuestra vida del alma.