ÒEl parlamentarismo constituye la forma t’pica de la lucha por medio delos jefes, en el que las masas mismas s—lo tienen un papel subalterno. En la pr‡ctica consiste en dejar la direcci—n efectiva de la lucha en manos de personalidades aparte, los diputados; Žstos deben, pues, mantener las masas en la ilusi—n de que otros pueden llevar el combate en lugar de ellas. Ayer, se cre’a que los diputados eran capaces de conseguir, por la v’a parlamentaria, reformas importantes en beneficio de los trabajadores, llegando incluso hasta alimentarla ilusi—n de que podr’an realizar la revoluci—n socialista gracias a algunos decretos. Hoy, al aparecer el sistema claramente estremecido, se hace valer que la utilizaci—n de la tribuna parlamentaria presenta un interŽs extraordinario para la propaganda comunista. En ambos casos la primac’a recae en los jefes y ni que decir tiene que el cuidado de determinar la pol’tica a seguir se deja a los especialistas, bajo el disfraz democr‡tico de las discusiones y mociones de congreso, si hace falta. Pero la historia de la socialdemocracia es la de una serie ininterrumpida de vanos intentos tendentes a permitir a los militantes fijar ellos mismos la pol’tica del partido. Mientras el proletariado luche por la v’a parlamentaria, mientras las masas no hayan creado los —rganos de su propia acci—n y, por tanto, la revoluci—n no estŽ al orden del d’a, todo esto es inevitable. Por el contrario, desde el momento en que las masas se revelan capaces de intervenir, de actuar y, por consiguiente, de decidir ellas mismas, los da–os causados por el parlamento toman un car‡cter de gravedad sin precedente.Ó Anton Pannekoek