A partir de aqu’ todo sucedi— tan r‡pidamente que apenas recuerdo los proleg—menos. Una enfermera me mand— desnudar y ante mi estupor, y por mas reparos que opuse, me dej— in puris naturalibus, y a la vista de todos me palp— las ingles por donde asomaba aparatosamente un bulto amoratado y redondo casi como una bola de billar, que yo atribu’a al golpe que me dio el malhadado camillero, y que ella diagnostic— como una hernia inguinal m‡s grande que la de un caballo. Y no contenta con el descubrimiento llam— al equipo mŽdico en pleno, mujeres en su mayor parte, las cuales me rodearon y una tras otra la fueron mirando y toqueteando para estudiarla con m‡s detenimiento, ya que no hab’an visto nunca nada igual, y desde luego, conclu’an todas con idŽntico diagn—stico, hab’a que operar, era evidente, no inmediatamente pero si lo antes posible, no fuese a ocurrir que se estrangulase del todo y comenzase a sangrar.