Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el final de la vida de Cristo o, mejor, el camino que lo llev— desde su injusta condena a muerte hasta la muerte misma estuvo repleto de momentos cruciales para la vida de la humanidad. Y es que no era, s—lo, un hombre quien iba cargando con la cruz (fuera un madero o los dos) sino que era Dios mismo Quien, en un œltimo y soberano esfuerzo f’sico y espiritual, entregaba lo poco que le quedaba de su ser hombre.