Estamos seguros que el tiempo espiritual que transcurri— desde el domingo en el que Jesœs resucit— y se present— a sus Ap—stoles y dem‡s creyentes escondidos en el Cen‡culo hasta que cincuenta d’as despuŽs, en aquel primer PentecostŽs cristiano origen de la andadura de la Iglesia que hab’a fundado Cristo y que, con el tiempo, vino a ser llamada cat—lica, estaba m‡s que pensado por Dios desde la misma eternidad.
Al fin y al cabo, aquellos d’as, apenas unas semanas fueron, ten’an como objeto confirmar que todo lo que hab’a dicho y hecho (para afianzar su Palabra) Jesucristo no era cosa suya, digamos de hombre que vive entre y con otros hombres, sino que era mandato directo del Todopoderoso. Por eso, aquel tiempo que entre Resurrecci—n y PentecostŽs hubo escanci— verdaderos tesoros divinos y gozos salidos directamente del coraz—n de Dios. Y, es m‡s, gracias a ellos vivimos, nos movemos y existimos.