Con la mochila al hombro y la maleta al brazo, sali—. Se detuvo en el portal y mir— hasta donde la vista se lo permiti— y dijo:
-Estoy pisando tierra americana
Luego busc— con ‡vidos ojos a su amigo que deb’a recibirlo, pero no estaba
Emiliano Mendieta no asomaba por ningœn lado. Espero una hora de pie, escudri–ando con su mirada el horizonte, sin interesarse siquiera en la belleza del entorno; dos horas, y nada, su amigo le hab’a fallado y ya ningœn compa–ero de viaje quedaba en la terminal de la Compa–’a de Aviaci—n.
Estaba solo, tŽtricamente solo en un mundo totalmente desconocido.
ÀQuŽ hacer? Se arrincon— en una esquina, se sent— sobre su maleta y esper— a que ocurriera algœn milagro