El espacio que ocupaba La Ciudad ha sido miles de a–os antes una continuaci—n del Altiplano. Por obra de la erosi—n se hab’an formado diversos tipos de suelos, pendiente abajo. El socavamiento de sus laderas por numerosos r’os y riachuelos, provocaba el desequilibrio de masas de terreno y los consiguientes derrumbes, deslizamientos y ca’da de bloques. Ayudados por las lluvias y alguno que otro improbado sismo, esos r’os fueron modelando el paisaje.
No hay muchos lugares en el mundo que se puedan enfrentar a fen—menos geol—gicos y din‡micos mœltiples y fuertes como esta regi—n de la joven formaci—n de los Andes. La naturaleza, asistida y resistida por el hombre, ha transformado su cuenca en diferentes colores y texturas, alturas y pendientes, volœmenes y espacios, luces y sombras.
Este relato est‡ basado en hechos hist—ricos de varias Žpocas y en evidencia cient’fica reciente. Pero, como obra de ficci—n, no est‡ exento de cantidad de conjeturas alimentadas por alguna que otra pesadilla.