Braceando entre impedidos, adictos, abusadores y abusadas, M‡ximo Vega realiza un viaje equilibrado y ciego por las turbias aguas de la alucinaci—n y el tedio; ausculta, disecciona, siente y resiente la desafecci—n, la inquina y el maltrato con los que la turba va empozando esa masa oscura que s—lo tiene precio y nombrad’a a dos o tres columnas en la cr—nica roja; narra y se narra, en una cr—nica que nos envuelve a todos, nos revuelve con repugnancia, con rabia. La reacci—n Philips constituye una galer’a de espejos rotos, sucios, tapados a posta; espejos a los cuales la prosa equilibrada y sobria del narrador vira de revŽs para mostrarnos que, detr‡s del azogue o el barniz, late la ciudad real; no el espejismo o el recuerdo que lucimos en el selfie.
La reacci—n Philips, pieza por pieza, constituye un conjunto de im‡genes perfectamente sincronizadas que nos permiten ver y o’r esa realidad borgeana que normalmente queremos traslapar.