Nico y Sonia se percataron de que Zahra estaba despidiŽndose lentamente Al-Deir, atesorando para siempre el juego de luces que la propia Al-Lat, la diosa del sol que se sol’a representar con la figura de un le—n, hab’a trazado sobre la explanada. Junto a ella caminaba, con la cabeza erguida, y el paso orgulloso del rey de los felinos, un peque–o gatito negro rescatado de los bajos de un coche en Glastonbury. Su sombra se proyectaba sobre la arena anaranjada, agrandando su silueta y desafiando a cualquiera que se atreviera volver a robarle su colgante a Zahra.