Cada vez que sometemos a alguien por la fuerza o lo convencemos para que se venza, estamos traicionando algo profundo de nuestra propia humanidad, cada vez que maniobramos para obtener los favores de una mujer tambiŽn estamos traicionando a nuestras ra’ces, cada vez que le sostenemos la ilusi—n a un ni–o sobre las mentiras que ofrecemos para su futuro fallamos a nuestra naturaleza.
Nacemos en la traici—n, nadamos en ella, acariciamos su sombra y anhelamos que nunca desaparezca.
La traici—n es la esencia de la construcci—n de nuestro mundo y nuestras ilusiones apenas alcanzan para emborracharnos con ella, en ella, para ella y por siempre.