Tras una vida dedicada al estudio de las enfermedades del sistema nervioso, tiempo en el que he invertido la mayor parte de mi atenci—n a los mecanismos moleculares a travŽs de las cuales esas enfermedades se transmiten como herencia o a los f‡rmacos m‡s adecuados para tratarlas, es decir, despuŽs de descifrar los pasos del destino o los designios de la industria farmacŽutica (dejo a gusto del lector la opini—n sobre cu‡l de los dos es m‡s implacable), he empezado a pensar que quiz‡s deber’a haber prestado m‡s atenci—n a los agentes que podemos controlar los seres humanos y que tienen un impacto sobre el desarrollo del sistema nervioso y sobre su resistencia a las enfermedades. EmpecŽ por estudiar el impacto de la educaci—n sobre alguna de ellas y ahora he decidido presentar un relato divertido sobre el efecto de la comida en estas enfermedades. No me gustar’a que este ensayo fuera utilizado como un elemento de curaci—n, sino de diversi—n; lo que, al fin y al cabo, ser’a de mayor valor terapŽutico.