Desde la cima de la monta–a, abrazado a las piernas, firme y solitario, sintiendo el peso del aire y observando mi propia vulnerabilidad, contemplo el paisaje. Bajo sus sombras descubro la misma claridad que un d’a imaginŽ en tu mirada. Sobre el valle, inmenso, dejo que se derramen l‡grimas y sonrisas, restos de aquello que no lleg— a ser, ciertos sue–os y renuncias, promesas incumplidas en las que alguna vez ambos cre’mos, pero que nos fueron distanciando, hasta que un tenue olor a podredumbre nos desvel—. Persist’amos en el error de tantear diferentes formas de posesi—n, sin embargo las palabras no eran ya suficientes para retener nada y mucho menos algo tan voluble como la fragancia de la piel o su memoria...