De muchos de los santos que a los altares han subido conocemos poco o casi nada. Si los mismos vivieron en siglos remotos no es de extra–ar que de no haber sido por alguna persona que lo hubiera conocido no tendr’amos apenas noticias de ellos.
Tal es el caso de San Onofre, ermita–o que naci— en el siglo IV (probablemente entorno al a–o 320) y que, gracias a abad san Pafnucio, sabemos de su existencia f’sica y espiritual.