i Dios no existe, tanto el hombre como el universo est‡n inevitablemente condenados a la muerte. El ser humano, como todos los organismos biol—gicos, debe morir. Sin la esperanza de la inmortalidad, la vida de hombre lleva s—lo a la tumba. Su vida no es si no una chispa en la oscuridad infinita, una chispa que nace, parpadea, y muere para siempre. Por consiguiente, todos debemos enfrentar "la amenaza del no ser". Porque aunque ahora sŽ que existo, que estoy vivo, sŽ tambiŽn que algœn d’a ya no existirŽ, que ya no serŽ m‡s, que voy a morir. Este pensamiento es pasmoso y amenazador: Ápensar que la persona que llamo "yo" dejar‡ de existir, que no ser‡ m‡s!