En pleno siglo XXI, inmersos en una autŽntica revoluci—n tecnol—gica, la investigaci—n cient’fica sigue siendo el autŽntico motor que empuja el avance del conocimiento del ser humano y las sociedades en las que convive. Del mismo modo, en plena sociedad del conocimiento, y a pesar del descenso de financiaci—n dedicado a la investigaci—n a todos los nive-les en los œltimos a–os, el intercambio de conocimiento se convierte en el eje sobre el que pivota el futuro de nuestra sociedad. No podemos olvidar que la investigaci—n cient’fica surge de la necesidad de descubrir, cono-cer y comprender mejor una porci—n del mundo real (Krippendorff, 1990).